sábado, 17 de febrero de 2007

La caída de un sueño desconocido

Cuando nuestro peor enemigo es alimentado desde adentro, cuando la imposibilidad de lo que se quiere se une al miedo y al dolor, cuando el objeto de nuestro deseo se rehúsa a nosotros mismos, y cuando la ayuda que esperamos nunca llega, abandonándonos a nuestra detestable realidad. Esto, sea lo que sea, esta dedicado a lo indedicable, a una flor cercana pero siempre lejos.

La caída de un sueño desconocido

Cápitulo I Era de Cambios

Hoy como en los últimos días despierto en mi modesto apartamento ubicado en el centro de la ciudad. Una ciudad que es familiar, pero como en cada uno de sus rincones hay siempre algo nuevo es siempre desconocida. Odio este sentimiento por la mañana y mucho más ahora, ese sentimiento fastidioso de tener que levantarse si una razón aparente, sin nada de verdadero valor que esperar, en una cascada impresionante de ideas que parece llover sobre mi pobre e inconsciente existencia; obligaciones, deseos, y cosas sin importancia me reciben cada día. Sin embargo, últimamente esa sensación de insatisfacción ante la vida, ante mi propia vida, parece apoderar toda mi atención.

Es curioso pero cuando vi por primera vez mi apartamento ubicado en el piso 22 llenó mis ojos de miles de imágenes con un futuro prometedor, de hecho pensé que en ese hermoso y viejo lugar había encontrado mi alma gemela, lo que es en verdad curioso es que de hecho la había encontrado. Ahora, mi mirada perdida y consumada sólo podía ver en este lugar, un viejo apartamento de un piso 22 sucio, desordenado, abandonado; tal vez por eso sólo podía encontrar algo de sosiego conmigo mismo durante las largas horas de soledad que compartía con aquel lugar.

Hasta hace poco mi trabajo había consumado mi vida, hasta el momento que ya no quedaba mucho que consumir. De hecho nunca entendí muy bien mi trabajo. Trabajaba en una importante empresa encargada en la importación y exportación de toda clase de bienes superfluos, era especialista en investigar toda clase de modas para después invertir en la compra de artículos que luego eran sobre valorados por sus compradores finales. Tenía una pequeña oficina en un lujoso edificio de la ciudad, mi oficio durante mucho tiempo había sido el buscar oficios, sin contrato ni un cargo fijo, me limitaba a hacer toda clase de trabajos, desde administrar y dirigir la empresa consiguiendo importantes contratos en tiempos de tranquilidad, hasta realizar toda clase de trabajos manuales como lavar platos, limpiar pisos o coser botones en temporadas de prosperidad.

Como cada vez tenía más trabajo, la oficina se volvía un lugar mucho más pequeño, hasta convertirse en un miserable de individualidad que no resistía la menor presencia sin que se trastornara. Cuando llego el tiempo donde olvidaba fácilmente mi oficio diario descubrí que había llegado el fin de mis obligaciones laborales, y debía volver al único lugar donde mi tranquilidad podía volver junto a mis ideas, el viejo apartamento del piso 22. sin embargo, esta decisión fue torpemente suspendida por el cariño que profesaba la empresa hacía el viejo, como solían llamar al dueño de la compañía, y mi obstinado voluntarismo que me hacía persistir en lo que ahora en este instante fue un error, contagiarme de ese espíritu empalagoso de la oficina, esperando atener alguna retribución personal.

Recuerdo el día en que finalmente había decidido renunciar ya mi importante y desapercibido cargo; era un viernes en el cual me habían encargado limpiar el último piso del edificio, después de asegurar el contrato con unos japoneses interesados en comprar miles de escarabajos que crecen en el estiércol nacional. Justo cuando terminaba de limpiar y ordenar el piso entro el señor García avisándome que requerían de mi permanencia en la sala de labores manuales después de la hora de salida, requerían que limpiara todas las armas de dotación de los guardias de todo rastro de pólvora, entre imágenes de muerte y destrucción, las armas y el detestable olor a la pólvora encontré en aquel lugar algo indeseable y despreciable. había visto la imagen de un joven que siempre solía ver los lunes reflejada en uno de los ventanales, entregando su vida a un propósito sin causa, veía una vida perdida en vagas promesas y en múltiples divagaciones; entonces, me sentí plenamente identificado, y decidí irme y no volver nunca jamás a aquel lugar.

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